En los tempranos 90, un hombre que no pisaba el mismo suelo que pisaban los simples mortales en esta urbe, provocaba admiración.
Poncho Romo iba y regresaba a la oficina en helicóptero.
Era un Monterrey con acaudalados quienes no respondían a un origen aristócrata.
Lankenau por otro lado, dueño y señor, administrador de los dineros de pobres y de ricos… de viudas, jubilados y millonarios.
En Monterrey se respiraba bonanza…
Poncho Romo se daba el lujo de impulsar el mejor esfuerzo periodístico de la época, con Grupo Imagen.
En un derroche de recursos y poder, bajó del caballo a un competidor, para tomar su lugar y llegar a una Olimpiada.
Mire usted cómo está la memoria o la realidad de ambos hombres que impulsaron en Monterrey una percepción de grandeza.
Y de ahí a convertirnos en la capital del huachicol… en la más contaminada… en la del transporte insuficiente…
Por eso hay sentimientos encontrados.
Poncho era la grandeza… pero ahora nos duele ver y saber de sus problemas con los gringos, con las investigaciones sobre lavado y relación con organizaciones criminales.
¿Hasta dónde?
¿Hasta cuando volveremos a ser grandes?…