El anuncio de Bad Bunny sobre una actuación íntegramente en español en la Super Bowl 2026 coincide con un aumento de las operaciones del ICE y el resurgimiento de los debates sobre la soberanía de Puerto Rico y su posible reintegración a la Corona española.
El próximo 8 de febrero de 2026, el Levi’s Stadium en Santa Clara, California, no solo va a ser el escenario de la final de la NFL. Ese día, se va a transformar en el centro de una de las declaraciones culturales más grandes de la década. Bad Bunny, el artista puertorriqueño que ha cambiado las reglas del juego en la música global haciendo historia incluso en los Grammy al alzarse con el premio al álbum del año en los Grammy 2026 con un disco en español.
El boricua ya confirmó que su show de medio tiempo será completamente en español. Y eso no es poca cosa. Nunca antes había pasado algo así en la historia del Super Bowl. No es solo un acto artístico. Es un momento clave, en medio de una época llena de tensión política y demográfica. Ahora mismo, el español se ha vuelto un símbolo de identidad, casi un acto de resistencia. Es la lengua que la población usa para desafiar las políticas de control fronterizo y exigir soluciones al estatus de Puerto Rico.
El español: una lengua de poder en territorio estadounidense
El español en Estados Unidos ya no es un tema marginal. Con más de 65 millones de hispanos, el país es ahora el segundo con más hablantes de español en el mundo, solo después de México. El idioma está en todas partes: en la publicidad de grandes marcas, en escuelas bilingües, en lo que la gente ve y escucha en ‘streaming’.
La Super Bowl es el evento de televisión más visto en el país, uno de los grandes momentos culturales a nivel mundial. Sí, ya han subido artistas latinos a ese escenario como Shakira o Jennifer López, pero lo realmente nuevo es ver a alguien decidir cantar solo en español, en un evento que siempre se ha identificado con la cultura estadounidense y donde el inglés ha sido la norma. Donald Trump ya ha anunciado que no acudirá al partido.
Claro que el español tome ese espacio también genera rechazo en quienes defienden el ‘English Only’ como si fuera la columna vertebral del país. Para unos, esto es la validación que llevaban décadas esperando. Para otros, es una amenaza, una señal de que el país ‘pierde’ su identidad lingüística. Pero la figura de Bad Bunny va más allá de la música. Su voz representa a millones de personas que llevan años trabajando y aportando cultura, aunque muchas veces se les mire como si no fueran parte real de la nación.
La contradicción de la visibilidad: música frente a redadas
La música conecta. Es una manera en que las personas expresan lo que sienten, lo que piensan, lo que les duele o ilusiona. Muchos artistas usan la música para protestar, para decir lo que otros callan. Pero también es cierto que, en algunos momentos, la música se topa de frente con la dura realidad: redadas y operativos policiales que pueden acabar con la libertad de expresión y el trabajo de los músicos.
La expectativa en torno a su actuación convive con una realidad marcada por el miedo, la separación de familias y la criminalización de personas indocumentadas, muchas de ellas parte del mismo público que celebra la visibilidad latina en escenarios globales. En ese contraste, la presencia de Bad Bunny en uno de los espacios mediáticos más influyentes del mundo adquiere una carga simbólica particular: mientras la cultura latina es exaltada y consumida masivamente, las políticas migratorias siguen poniendo en riesgo a quienes la sostienen día a día.