Cuando una transformación aprende a gobernar la estabilidad, deja de ser revolución permanente para convertirse en sistema. El antiguo régimen como nuevo régimen. Los “conservas” regresaron ya… y llegaron travestidos de izquierda.
Por José Jaime Ruiz
La educación pública en tiempos de la 4T funciona como un termómetro político: cuando un proyecto se siente fuerte, convierte las aulas en territorio de disputa; cuando necesita estabilidad, las vuelve engranes. La salida de Marx Arriaga de la Secretaría de Educación Pública no es un trámite administrativo más. En realidad, es la señal de que la Cuarta Transformación ha cruzado una frontera: dejó la fase de sacudida para entrar en la de institucionalización. Como el PRI en su tiempo, la transformación se institucionaliza.
No es una metáfora forzada. En la Revolución Francesa, Thermidor no enterró a la República, sacrificó su fiebre para salvar su estructura. Robespierre cayó no por tibio, sino por excesivo para una élite que ya no buscaba quitarle a la epopeya un gajo sino orden. Algo parecido ocurre hoy en la SEP. El momento jacobino tuvo nombre propio: la decolonialidad militante, la reescritura simbólica de los libros de texto, la confrontación abierta con el modelo educativo heredado. Arriaga encarnó esa pulsión: mover el eje cultural del Estado, incomodar, forzar la discusión.
Y, sin embargo, los gobiernos no sobreviven en combustión permanente. Llega un punto en que el conflicto deja de ser capital político y empieza a ser desgaste operativo. El giro actual no cancela la Nueva Escuela Mexicana, la domestica. Donde hubo batalla ideológica, ahora habrá gestión. Donde hubo ruido público, ahora se busca control institucional.
En los corredores de Argentina 28 se comenta algo más que pedagogía. La salida de Arriaga también puede leerse como un corte de influencias del sexenio anterior. No era solo funcionario, era referente intelectual, guardián simbólico de una corriente. La transición interna parece haber impuesto una lógica clásica de poder: cerrar ciclos, reordenar lealtades, concentrar mando. Los gobiernos que maduran eliminan los centros paralelos de gravedad. La expulsión de Arriaga representa el corte definitivo del cordón umbilical que unía a la SEP con el grupo compacto de la doctora Beatriz Gutiérrez Müller. Como mentor académico y aliado cercano de la historiadora, Arriaga operaba como un comisario ideológico cuya lealtad no residía necesariamente en la nueva jefatura del Ejecutivo. En este contexto, su salida —sumada a las tensiones simbólicas que dejaron episodios como aquel polémico post de Gutiérrez Müller sobre la “inteligencia” de Claudia Sheinbaum Pardo— sugiere una purga de las cuotas de poder del sexenio de AMLO para permitir que Sheinbaum tome control absoluto de su tablero (ahí timbra aún la defenestración de Adán Augusto López).
En ese mismo ambiente, otro ruido político flota sin ocupar todavía los encabezados centrales: el libro de Julio Scherer Ibarra, que ha reactivado viejas tensiones dentro del primer círculo del poder y vuelto a colocar bajo la lupa la operación política y mediática del sexenio pasado. No es casual que, mientras ese frente empieza a moverse, el debate público se concentre con intensidad en la SEP y en Arriaga. ¿Sólo un distractor? En la política, los escándalos también compiten por oxígeno o por polución. El desplazamiento del funcionario incómodo cumple así una doble función: reordenar el aparato educativo y, de paso, ofrecer una narrativa de conflicto que amortigüe las críticas crecientes hacia figuras clave de la comunicación presidencial, particularmente hacia Jesús Ramírez Cuevas, hoy bajo presión por la forma en que se construyó —y se blindó— el relato público del poder durante años. Arriaga no es la cortina principal, pero sí una cortina útil.
Mario Delgado no llegó como hoja en blanco. Su trayectoria lo conecta directamente con la reforma educativa de 2013, aquella que colocó al maestro bajo esquemas de evaluación tecnocrática y alineó al sistema con agendas empresariales. Hoy encabeza el proyecto que nació para desmontar ese modelo. No es un detalle menor: es el corazón de la contradicción. Para algunos, su nombramiento significa el retorno de los operadores políticos capaces de negociar con el magisterio, tranquilizar al empresariado, gestionar tensiones sin convertirlas en cruzadas culturales. Para otros, es la prueba de que la transformación empieza a parecerse demasiado a lo que prometió reemplazar: élites eficientes, discurso social y control político neoliberal bien aceitado.
El Thermidor educativo no es la cancelación de la transformación pedagógica, es su encapsulamiento. La pureza ideológica cede ante la disciplina institucional. La trinchera se vuelve escritorio. La insurgencia retórica aprende a hablar en lenguaje administrativo. La pregunta se impone: ¿qué significa cambiar cuando el movimiento ya es gobierno consolidado? ¿Es traición moderar el rumbo o es la única forma de sostenerlo? La educación lo revela con crudeza. Los libros de texto dejarán de ser escándalo. El sistema, si la estrategia funciona, dejará de ser campo de batalla. La estabilidad se vuelve prioridad política. Y ahí se define el verdadero giro de la Cuarta Transformación: de proyecto disruptivo a nuevo régimen institucional. Cuando los ideólogos son sustituidos por operadores, no siempre hay renuncia a los principios, suele haber reacomodo para sobrevivir en el poder. Aun así, la ironía permanece suspendida sobre el tablero. ¿Puede quien ayudó a construir la jaula garantizar ahora la libertad pedagógica? ¿Puede una reforma nacida contra la tecnocracia confiar su destino a uno de sus viejos arquitectos?
La política mexicana, experta en metamorfosis, rara vez responde de forma clara. Lo que sí muestra es que el fervor ha entrado en fase de administración. Cuando una transformación aprende a gobernar la estabilidad, deja de ser revolución permanente para convertirse en sistema. El antiguo régimen como nuevo régimen. Los “conservas” regresaron ya… y llegaron travestidos de izquierda.
