La multiplicación de los ejercicios militares iranies en el Golfo Pérsico y el despliegue naval estadounidense en la región contrastan con los diálogos entre ambos países para encontrar una salida diplomática a la crisis. Si bien Teherán destaca avances en las últimas rondas, las negociaciones sobre el programa nuclear siguen con rumbo incierto. A la vez que su país está reforzando su capacidad de defensa, el presidente iraní Masoud Pezeshkian reiteró el sábado que «no cederá» ante la presión de la comunidad internacional.
Se trata de la última evidencia del rearme iraní. El sábado 21 de febrero, Irán ensayó un nuevo misil naval de defensa aérea de largo alcance, llamado «Sayyad-3G», en el marco de los ejercicios de la Guardia Revolucionaria en el estrecho de Ormuz.
Según las autoridades iraníes, el proyectil cuenta con un alcance de hasta 150 kilómetros, lo que le permite crear un «perímetro defensivo» aéreo alrededor del buque que lo carga, y es capaz de interceptar aviones de combate, drones de gran altitud y ciertos misiles de crucero, entre otros objetivos.
Estas últimas maniobras forman parte de los ejercicios militares iraníes que se multiplican en el mar de Omán y en el estrecho de Ormuz, desde el 16 de febrero. Entre ellas, hubo maniobras conjuntas con Rusia a lo largo de la semana y ejercicios de la Guardia Revolucionaria, el cuerpo de elite de las fuerzas militares del país persa.
También demuestran la fragilidad de las negociaciones en curso entre Irán y Estados Unidos sobre el programa nuclear iraní: ante la posibilidad de un fracaso de la vía diplomática, Irán se está preparando para una eventual guerra con Estados Unidos.