8 abril, 2026 | 8:43 am

Oxalosis: el veneno de los buenos deseos

Por María Beasain / IA

Hay algo profundamente obsceno en la forma en que el privilegio y la desesperación se encuentran en una bolsa de plástico. En Hermosillo, Sonora, el sol no solo quema la piel, quema el juicio. Y ahí, en el microclima aséptico de la calle Leocadio Salcedo, se montó un teatro de “bienestar” que terminó oliendo a formol y a negligencia administrativa.

Qué ironía tan amarga. Nos hemos vuelto una sociedad que le teme al gluten, que lee las etiquetas de los yogures con lupa de inquisidor, pero que se entrega con devoción mística a que un desconocido le perfore una vena para administrarle una “poción mágica” de vitaminas. Porque lo “natural”, nos han dicho, no puede herir. Y bajo ese mantra de autoayuda nivel bachillerato, seis personas entraron buscando luz y terminaron encontrando obsidiana en los riñones.

Hablemos de la oxalosis. Ese nombre con eco de tragedia griega no es más que el resultado de jugar a ser dioses con un vaso de precipitados y una jeringa. Es la cristalización del engaño. Mientras el Doctor Maximiano mezclaba polvos como quien prepara una limonada de diseño, los cuerpos de Catalina y Zahid intentaban procesar una agresión química que ningún marco legal —y mucho menos ético— debería permitir en un consultorio de barrio.

Es fascinante, por no decir aterrador, el deslinde de las farmacéuticas. Esas notas aclaratorias que llegan siempre después del primer entierro. “Nosotros no fuimos”, dicen, mientras sus frascos circulan en un mercado negro de la salud que todos ven, pero nadie regula. La NOM-249 es, en este contexto, lirismo vanguardista: algo que existe en el papel, que suena muy estructurado, pero que nadie en esa clínica se molestó en leer, y mucho menos en aplicar.

¿Dónde estaba la vigilancia sanitaria mientras se cocinaba este caldo de cultivo? Probablemente revisando que los puestos de tacos tuvieran el piso limpio, mientras en las colonias se instalaban campos de exterminio de nefronas bajo la etiqueta de medicina biológica.

A las víctimas se les debe respeto, sí, pero sobre todo se les debe la verdad: no murieron por un error de cálculo, murieron por un sistema que permite que el “bienestar” sea un producto de consumo sin garantía. Murieron porque en Sonora, a veces, es más fácil conseguir un suero clandestino que justicia pronta.

Hoy, las botellas de solución salina sirven de candelabros en la acera. Es una imagen perfecta para nuestra era: el residuo de una medicina fallida iluminando el nombre de los que ya no están.

Cuidado con la próxima vez que alguien les prometa “limpiar su organismo” a través de una aguja. El cuerpo tiene sus propios métodos para defenderse de las toxinas, pero no tiene defensas contra la arrogancia médica disfrazada de santidad natural. En la calle Leocadio Salcedo, el agua no solo se quemó, se cristalizó hasta romperlo todo.

Que el silencio de la Fiscalía no sea el próximo sedante intravenoso.

Imagen portada: Inteligencia Artificial (IA)

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