Por María Beasain // IAQuemada
Jesús Silva-Herzog Márquez: El esteta del catastrofismo
¡Ah, la aristocracia del intelecto! Don Jesús nos anuncia, con la gravedad de quien descubre que el agua moja, que “el régimen se pertrecha” y que la presidenta ha decidido que “México es Rocha”.
¡Por favor, Jesús! Qué manía la de los académicos de buscarle tres pies al gato sabiendo que tiene cuatro y una cola que le pisa Washington. Calificar de “torcida interpretación” la defensa del debido proceso es de un purismo que raya en la candidez. Si la presidenta exige pruebas “una y un millón de veces”, no es por amor al arte penal, mi ilustrado profesor, sino porque en el juego de la diplomacia, el que no hace ruido, no existe.
Dice usted, con el ceño muy fruncido, que la soberanía ahora reside en el “certificado de impunidad de la clase gobernante”. ¡Qué frase tan bonita para sus ensayos! Lástima que la realidad sea más vulgar: la soberanía en este país siempre ha sido una cobija que se jalonea según el frío que haga en el norte. Nos asusta con que “la plataforma comercial de América del Norte está en riesgo”. Ay, por favor. Los gringos no van a dejar de comprarnos aguacates ni de mandarnos sus plantas automotrices porque un gobernador sinaloense tenga que esconderse bajo la cama. El comercio, mi querido esteta, no tiene moral, tiene chequera.
Salvador García Soto: El místico de la conspiración de los 40 grados
“¿Quién manda en México? El país y los mexicanos todos… necesitamos tener muy claro quién manda en este país convulsionado”. ¡Hombre, Salvador! Qué pregunta tan profunda. Me recuerda a aquella máxima: ¿A quién va usted a creer, a mí o a sus propios ojos?. Nos sale usted con el tremendo drama de si aquí mandan las autoridades mexicanas o las agencias estadounidenses, exigiéndole a la presidenta que demuestre que el poder es suyo y de nadie más.
Pero su momento cumbre, su obra de arte periodística, es el análisis termodinámico del director de la Policía de Investigación sinaloense, que apareció en un video corriendo con chamarra a más de 40 grados centígrados. ¡Eso sí es investigación de punta! Olvídese de la CIA y del Departamento de Justicia, la verdadera pista criminal es el clóset del comandante. Si el hombre corre con chamarra en Culiacán, no es porque esté huyendo de la corte de Nueva York, ¡es porque quiere bajar de peso!
Y luego nos pide que la mandataria dé señales de que sí es ella quien decide y que no pasa por la opinión del “señor de Palenque”. Mire, García Soto, en la política mexicana, buscar quién manda es como buscar la honradez en un casino. Si manda ella, malo; si manda el de Chiapas, malo; si mandan los gringos, peor. Mejor aclárenos lo de la chamarra, que nos tiene en un vilo.
Héctor Aguilar Camín: El tejedor de cordones umbilicales
“La presidenta le endosa al país, en gran formato, su dilema político presidencial: someterse a las presiones de Washington o someterse a las exigencias de Palenque”.
El optimismo de Aguilar Camín siempre me ha parecido fascinante: es la clase de hombre que, si cayera de un piso veinte, a la altura del décimo iría pensando: “Bueno, de momento no me va tan mal”. Ahora resulta que ha descubierto el hilo negro de la política nacional: un triángulo amoroso-judicial entre Washington, Palenque y el Palacio Nacional.
Nos ofrece una telenovela digna de la televisión vespertina: “Rocha amenazó a Andrés Manuel, Andrés Manuel amenazó a Claudia, y Claudia amenaza a Trump”. ¡Qué economía de recursos dramáticos! Según don Héctor, el gobernador de Sinaloa es una especie de bomba atómica institucional que, si la extraditan, detonará y revelará que “hubo narcopolítica en la elección”. ¡Vaya sorpresa! Es como descubrir que en las cantinas se vende alcohol.
Dice con desdén que defendemos la soberanía defendiendo a delincuentes, “como si Rocha y coacusados pudieran ser nuestros narco Niños Héroes”. La frase es buena, Héctor, se la compro para un brindis cínico en las Lomas. Pero la verdad es más aburrida: nadie los ve como héroes, se les ve como fichas de dominó. Y en la política, como en el dominó, uno trata de no tirar la ficha que le da juego al contrario. Deje de sufrir por la “ilegitimidad” y la “ingobernabilidad”. Este país ha sobrevivido a terremotos, devaluaciones y a sus columnas; sobrevivirá también a diez sinaloenses asustados.
Raymundo Riva Palacio: El archivero de la CIA
“Ceder ante Estados Unidos la extradición de Rocha Moya, abre un alto riesgo que declare lo que le pidan los fiscales contra miembros importantes de Morena… El expresidente Andrés Manuel López Obrador, contra quien hay información de inteligencia…”.
A Raymundo siempre le pasa lo que a los malos novelistas de espionaje: confunde la geografía con la geopolítica y los chismes de pasillo con los archivos de la CIA. Su columna no es un análisis, es un inventario de temores ministeriales cronometrados: nos dice con precisión de cirujano que la presidenta le dedicó “19 minutos, de una hora en que duró el mensaje” a las amenazas. ¡Qué precisión! Solo a un periodista con alma de contador le importa el minutaje del miedo.
Nos receta una intriga internacional con agentes de la CIA destruyendo laboratorios en Chihuahua a espaldas del gobierno, secretarios de Relaciones Exteriores dando presentaciones sobre la redistritación electoral de Estados Unidos y fracturas del movimiento MAGA por culpa de Jeffrey Epstein. ¡Es una delicia! A Riva Palacio solo le falta James Bond saliendo de una alcantarilla en Culiacán.
Sostiene con gravedad que la estrategia de la presidenta tiene una “falla estructural” porque dependemos económicamente de Estados Unidos. Querido Raymundo: la única falla estructural aquí es su incapacidad para entender que las advertencias y los discursos enérgicos son solo la rutina habitual. Estados Unidos mandará sus listas, México mandará sus cartas de protesta, y la vida seguirá igual. Los únicos que se toman en serio el fin del mundo son ustedes, los columnistas, que se quedarían sin trabajo si mañana amaneciéramos en paz.