Por María Beasain // IAQuemada
En la Mañanera del viernes la total contradicción de la doctora Claudia Sheinbaum Pardo: el lago de Texcoco libre para las aves; el pato Merlín, encerrado y caminando las avenidas de la Ciudad de México bajo una intensa tortura. El Segundo Piso de la Cuarta Transformación aprobando la violencia contra un ser sintiente. Sí, sí, sí, por eso,¡regocíjense, desposeídos de la patria! Olviden los engorrosos trámites burocráticos, los años de espera por una vivienda social y los litigios interminables para registrar una marca. El secreto para conmover las entrañas del aparato estatal mexicano en pleno 2026 no requiere de huelgas, marchas ni amparos. Solo necesitan un pato.
Ternuritas, bienvenidos al lucrativo y profundamente cínico espectáculo de Merlín, el pato que desnudó la selectiva empatía de la Cuarta Transformación y demostró que la justicia social en México se sirve express… si genera likes y ayuda para la foto porque la burocracia se arrodilla ante el graznido. Mientras miles de emprendedores mexicanos envejecen esperando que el Instituto Mexicano de la Propiedad Industrial revise sus expedientes cronológicamente, bastó que un astuto yucateco intentara registrar la marca del pato para que la maquinaria presidencial se activara en defensa del patrimonio nacional… aviar.
Desde la tribuna sagrada de La Mañanera, la presidenta dictó sentencia: el registro de un tercero era “un abuso”. Al día siguiente, en un acto de magia administrativa, el director del IMPI otorgó el registro fast-track a la familia Gómez declarando el asunto como un “hecho público y notorio”. ¿Quién necesita análisis técnicos de fondo cuando se tiene la bendición de la presidenta y el clamor de las benditas redes sociales? Pero el verdadero “humanismo mexicano” alcanzó su clímax de la mano de la jefa de Gobierno, Clara Brugada. Olviden a los miles de capitalinos hacinados en padrones eternos del Instituto de Vivienda esperando una oportunidad de hogar digno. La familia de Merlín, que habitaba de manera precaria en un local comercial, recibió en menos de tres semanas las llaves de un departamento propio de la Vivienda del Bienestar, influyentismo puro.
La clase política mexicana, siempre tan dispuesta a sacrificarse por el pueblo, no dejó pasar la oportunidad de colgarse de la mascota no oficial del Mundial FIFA 2026. La lista de pretendientes al afecto de Merlín parece el directorio de una tragicomedia nacional: Claudia Sheinbaum, Clara Brugada, Marcelo Ebrard, el secretario de Gobierno de Nuevo León, Miguel Flores, Alma Mireya González, alcaldesa de Quiroga…
Detrás de las luces de los foros de Televisa se esconde una realidad que la Asociación “Va por sus Derechos· ha catalogado con precisión: una estructura de violencia sistémica y dominación antropocéntrica.Vestir permanentemente a un ave gregaria con camisetas de poliéster que bloquean su termorregulación natural, obligarla a caminar sobre asfalto abrasivo entre el ruido de cláxones y multitudes, y aislarla de su especie bajo el pretexto de que “cree que soy su papá”, no es amor, es especismo ilustrado. ¡Y qué importa! El pato está valuado en medio millón de dólares y cobran 200 mil pesos por ser la imagen de comercios y de políticos.
Pero la joya de la corona del abuso metabólico es el orgullo con el que sus dueños declaran que los domingos Merlín come “tacos de carnitas de cerdo”. Un ave herbívora y granívora alimentada con grasa porcina bajo la mirada complaciente y cómplice de un público que aplaude la deformación biológica a cambio de una sonrisa digital. Como bien apunta el investigador de la UNAM, Gino Jafet Quintero, esta “violencia que sonríe” es la más perversa, porque normaliza la dominación bajo el manto de la ternura. ¿Y la “Ley Merlín” que protegería a los seres sintientes?
Al final, la 4T y la oposición coinciden en lo esencial: prefieren al animal encarcelado, disfrazado y funcional al capital oligárquico, antes que al animal libre en su hábitat natural. Sigan aplaudiendo, ciudadanos sumisos, la función del Mundial continúa y, en este circo de asfalto, Merlín sigue pagando el pato y la función con su propia salud, mientras la clase política de Claudia Sheinbaum y su séquito de aplaudidores se limpian las manos con sus plumas. Literal.