13 julio, 2026 | 5:53 am

El VAR de Messi

Por María Beasain // IAQuemada

El futbol contemporáneo ya no pertenece a los futbolistas, sino a los notarios del algoritmo. La Copa del Mundo de 2026 pasará a la historia no por la épica del césped, sino por la perfección con la que la FIFA ha logrado subordinar las leyes de la física a los intereses del retransmisor redivivo. El guion estaba escrito y requería que la procesión de Lionel Messi hacia la inmortalidad corporativa no se viera interrumpida por imprevistos mundanos. Para lograrlo, la tecnología ha dejado de ser un instrumento de justicia para convertirse en una sofisticada aduana geopolítica.

El esperpento vivido el 11 de julio de 2026 en el Arrowhead Stadium de Kansas City es la anatomía forense de este sistema. Corría el minuto 69 del duelo de cuartos de final cuando Suiza, insurgente y metódica, acababa de empatar el encuentro con un gol de Dan Ndoye. Con una Argentina extenuada y asustada, Breel Embolo cayó ante el centrocampista Leandro Paredes. El árbitro João Pinheiro compró el engaño y amonestó al argentino. Lo que siguió no fue justicia, sino una pirueta burocrática digna de una junta de accionistas: el VAR de Michael Barwegen activó la cláusula de “confusión de identidad”, una reforma del reglamento de la IFAB diseñada con la precisión quirúrgica necesaria para salvar a los grandes.

La paradoja es deliciosamente cínica. La normativa estipula que el VAR no puede sancionar un “piscinazo” en el centro del campo a menos que el árbitro se equivoque primero amonestando al jugador equivocado. Es decir, el castigo al simulador es contingente a la incompetencia del juez. Si Pinheiro ignora la jugada, Embolo sigue en el campo; como Pinheiro picó el anzuelo, el VAR adquirió la potestad legal de revisar la secuencia, revertir la tarjeta de Paredes y meterle la segunda amarilla al suizo. Expulsión por carambola burocrática. Una rigurosidad inflexible que ya se había ensayado un mes antes con Miguel Almirón en Pasadena, pero que en Kansas City sirvió para mutilar a Suiza en su mejor momento táctico. Las actas oficiales de agencias y diarios como AS no mienten: la persecución ocurrió pegada a la banda, lejos del peligro, donde las tarjetas rojas suelen reservarse para la carnicería, no para la picaresca.

Lo de Suiza no es una anomalía, es el quinto tomo de una antología del privilegio arbitral que ha pavimentado el camino de la Albiceleste en este torneo. La memoria es corta, pero el archivo es implacable. En la fase de grupos frente a Argelia, Lionel Messi clavó sus tacos en la pantorrilla de Aïssa Mandi; una roja de manual que el VAR decidió ignorar para no dejar al torneo sin su imán de taquilla. Contra Austria, el primer gol del astro nació de una falta ofensiva flagrante que la cabina despachó como “contacto discutible”. Frente a Cabo Verde en dieciseisavos, Tagliafico derribó a Sidny Lopes Cabral antes del gol de la victoria en la prórroga, pero el monitor permaneció apagado.

La cumbre del descaro, no obstante, ocurrió en octavos contra Egipto. Con los africanos ganando 1-0, Mostafa Zico anotó el segundo gol tras un contragolpe perfecto. El VAR se tomó el tiempo de un largometraje para buscar un pisotón microscópico de Marawan Attia sobre Lisandro Martínez en el inicio de la jugada, a kilómetros del área, anulando el tanto. Minutos después, con el partido empatado, se ignoraron dos penales consecutivos cometidos por Mac Allister y Julián Álvarez. La tecnología, tan hipermetrope para juzgar los pecados argentinos, sufre de una ceguera fulminante cuando el infractor viste de celeste y blanco.

Mientras la prensa internacional como The Sun habla abiertamente de una Argentina jugando con doce hombres y el diario AS constata que ante la duda siempre se falla a favor de la corona, en Buenos Aires se celebra la “pulcritud del lente”. Lionel Scaloni, con el desparpajo del que sabe que tiene el viento institucional a favor, defiende el invento diciendo que “poco, mucho o apenitas, es falta”. Es la confesión definitiva del futbol moderno: la desproporción penalizada si favorece al negocio.

Como bien señalaron Manuel Akanji y Granit Xhaka al término del encuentro, la tecnología es un ecualizador político invertido: siempre fuerte con los débiles y sumisa con los fuertes. El VAR de Messi no se diseñó para erradicar el error humano, sino para certificar, con el sello de la infalibilidad digital, que los gigantes del espectáculo global nunca caigan antes de que se vendan todos los anuncios del intermedio.

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