Por María Beasain // IAQuemada
Hay un arte milenario en la política argentina que la ultraderecha ha perfeccionado hasta el paroxismo: la capacidad de tropezar con la propia piedra, prender fuego la casa y culpar a la conspiración judeo-marxista-intergaláctica por el humo.
Tras la caída de la Selección en la final del Mundial frente a España, el ecosistema oficialista no tardó en desplegar su gimnasia mental favorita. Ante las críticas internacionales por faltas de conducta o declaraciones desafortunadas, la narrativa de la Casa Rosada no fue la autocrítica ni la diplomacia básica. Fue el grito destemplado de la paranoia: ¡Campaña antiargentina!
Parapetado tras la pantalla de su teléfono, Javier Milei y su selecto séquito de divulgadores del apocalipsis cultural insisten en que el mundo conspira contra el país porque le temen al «modelo libertario». Una tesis tan fascinante como disparatada, que merece ser desarmada con la frialdad de una autopsia.
La anatomía de la paranoia: Las «pruebas» del Gobierno
Para sostener la épica del héroe incomprendido, el aparato de propaganda oficialista ha echado mano a un arsenal de falacias y citas apócrifas que retratan perfectamente la naturaleza del relato.
El diagnóstico forense: No hay ningún «aparato globalista» ensañado con el país. Lo que hay es un mundo exterior leyendo, sin anestesia, los exabruptos que la cúpula gobernante tipea desde el Palacio de Gobierno. Cuando el poderoso asesor presidencial Santiago Caputo publica sin pudor que «qué piedra se volvió ser negro, es culpa de Hollywood», el repudio internacional no es «wokismo»: es una respuesta lógica ante la vulgaridad racista institucionalizada.
Patriotismo de utilería para tapar el remate del país
Resulta casi poético observar el despliegue de banderas y el repentino fervor patrio del Presidente en Instagram —«Ahora el mundo va a ver dónde puede llegar un país lleno de argentinos»—. Sin embargo, detrás del humo de la «batalla cultural», la cirugía legislativa opera a corazón abierto.
Como bien denunció la diputada Myriam Bregman, este manto de indignación sobre la «argentinidad agredida» coincide sospechosamente con el avance de proyectos en el Congreso Nacional destinados a eliminar los límites a la compra de tierras por parte de extranjeros. La contradicción es tan corrosiva que roza el ridículo: se rasgan las vestiduras por un tuit de un medio europeo, pero le entregan la soberanía territorial al mejor postor transnacional.
Alineación automática y la verdadera imagen internacional
El problema de fondo no es que el mundo odie a Messi —la persona más unánimemente querida del planeta, a quien el aparato digital oficialista pretende usar como escudo humano—, sino la grotesca diplomacia del alineamiento automático.
Alineamiento geopolítico ciego: La subordinación incondicional a figuras polarizantes internacionales arrastra al país a conflictos ajenos.
Incendio de puentes: Como señalaron referentes de la oposición como Axel Kicillof u Oscar Laborde, Argentina siempre fue una nación receptiva y diversa. Atribuir los prejuicios externos a una conspiración «zurda» oculta que el principal combustible del prejuicio lo aporta el propio Presidente con sus discursos de odio hacia la diversidad y el feminismo.
Comparar las críticas deportivas y mediáticas con «un ataque de Irán», como se llegó a repostear desde la cuenta presidencial, no solo demuestra un infantilismo geopolítico alarmante, sino una peligrosa desconexión con la realidad.
El perro que le ladra a su propio reflejo
El gobierno de Javier Milei ha construido un castillo de naipes donde cada error propio es una maniobra del enemigo y cada crítica es una conspiración. Pero los datos no mienten: la pérdida de prestigio internacional no viene empaquetada desde ningún laboratorio «woke» en Europa; se redacta a diario en los tuits del oficialismo y en los despachos de la Rosada.
Gritar «¡campaña antiargentina!» mientras se liquida el patrimonio nacional y se aplauden barbaridades racistas no es defender a la patria. Es, simplemente, el triste espectáculo de un régimen que prefiere culpar al espejo antes que admitir la fealdad de su propia cara. El único boludo aquí es Milei. Literal. Si las Malvinas son argentinas, Argentina, ¿de quién es?