La presidenta afirma que no está prohibido asolearse en un balcón de Palacio Nacional, pero no indica quién se asoleó y tampoco sanciona a Infodemia por mentir. La 4T puede mentir sin problema y luego minimizar el evento. El aparato comunicativo ha pasado de informar a resistir, y de resistir a mentir de forma burda.
Por María Beasain
Hay semanas que no requieren analistas, sino patólogos. Lo ocurrido entre el 23 y el 29 de marzo de 2026 en el ecosistema comunicativo de la presidenta Claudia Sheinbaum no fue una racha de mala suerte, sino una disección en vivo de un aparato de propaganda que ha comenzado a gangrenarse por su propia incapacidad de procesar la realidad. Cuando la “verdad oficial” choca contra un video de un balcón de Palacio Nacional donde una mujer se broncea, un derrame negro en el Golfo y las mofas de un magnate anaranjado, el resultado no es una narrativa, es un escombro.
El segmento Infodemia, bajo la tutela de Miguel Ángel Elorza, ha mutado de herramienta de verificación a ariete de desinformación institucional. El caso del “Balcón de Palacio” es antológico en los anales del ridículo burocrático. Negar la existencia de una mujer asoleándose en el recinto histórico bajo el sello de “Inteligencia Artificial” cuando organizaciones como Verificado confirmaron la autenticidad técnica del material, no es un error de cálculo, es estulticia de Estado. La presidenta afirma que no está prohibido asolearse en un balcón de Palacio Nacional, pero no indica quién se asoleó y tampoco sanciona a Infodemia por mentir. La 4T puede mentir sin problema y luego minimizar el evento.
Al intentar gasear la percepción pública con etiquetas tecnológicas sin sustento, el gobierno no solo protegió —con un celo casi monacal— la privacidad de un balcón, sino que dinamitó la poca autoridad moral que le quedaba a su detector de mentiras. Si todo lo que incomoda es IA, entonces nada de lo que el gobierno afirma es real. El “Detector” ha muerto, víctima de su propia pólvora mojada.
La opacidad es el nuevo uniforme de gala en Las Mañaneras. Mientras la narrativa oficial se llena la boca con la palabra “pueblo”, las manos se cierran cuando se trata de las facturas. Periodistas como Vicente Serrano, Claudia Reyna –aguaquemada.mx– y Jorge Chaparro han tropezado con el mismo muro de silencio administrativo desde octubre de 2025.
¿A qué le teme la administración? Las cifras del SPR revelan gastos de cientos de miles de pesos en guiones y contenidos para Infodemia (más de 600,000 pesos solo en 2025, según registros de transparencia), pero el padrón de pagos a medios tradicionales y “alternativos” sigue siendo un espectro. La transparencia selectiva es, por definición, una forma de corrupción informativa. Mantener el flujo de efectivo bajo la mesa mientras se predica la austeridad es un ejercicio de cinismo que ni los aliados más fervientes pueden ya digerir sin náuseas.
No hay espectáculo más decadente que el de una revolución devorando a sus propios hijos… o a sus propios YouTubers. La inclusión de Edwin Granados de Campechaneando en la lista de “mentirosos” de la semana —al lado de figuras como Loret de Mola— marca el inicio de la paranoia institucional.
Atacar a quien se ostenta como el “primer youtuber pro-Claudia” sin presentar una sola prueba técnica de su supuesta desinformación sobre la “Ley Valeria” es un error estratégico de manual. El gobierno ha pasado de la persuasión orgánica a la vigilancia punitiva. Al negarle el derecho de réplica y acusarlo de “huida”, la administración no solo pierde un megáfono de millones de interacciones, está enviando un mensaje al resto del ecosistema digital: la lealtad ya no es suficiente, ahora se exige sumisión absoluta o el cadalso “robespierrano” de Infodemia o, como la reina de Alicia en el país de las maravillas, que le corten la cabeza.
En el frente ambiental, la credibilidad científica de la doctora Sheinbaum parece haberse hundido junto con el crudo en el Golfo de México. La gestión del derrame que afecta a más de 40 localidades en Veracruz y Tabasco es un monumento a la evasión de responsabilidades.
El uso de la Marina para buscar un “barco fantasma” mientras se ignoran los peritajes sobre la infraestructura estatal de Pemex es una maniobra jurídica y ética insostenible. El capital político de Sheinbaum como ambientalista se está disolviendo en el mismo chapopote que hoy asfixia al litoral.
Finalmente, el plano internacional. La burla de Donald Trump sobre el cambio de nombre al “Golfo de América” y su parodia de la voz presidencial no son anécdotas de campaña, son humillaciones geopolíticas calculadas.
La respuesta de la presidenta —preguntar el nombre del Golfo en un mitin en Zacatecas— es una reacción de consumo interno que no repara la erosión de la investidura en el exterior. Ante un matón global que utiliza la IA y la posverdad para ridiculizar naciones, el gobierno de México responde con retórica de plaza pública. Esa asimetría es peligrosa: mientras Trump opera en el espectáculo del capital global, México se queda atrapado en algún lugar barroco o churrigueresco.
La administración Sheinbaum no tiene un problema de comunicación, tiene un problema de colisión con la evidencia. El aparato comunicativo ha pasado de informar a resistir, y de resistir a mentir de forma burda. Cuando el “blindaje” institucional consiste en cerrar los ojos y señalar con el dedo a los aliados, el naufragio no es una posibilidad, es una certeza estadística. El guion se acabó, lo que queda es el ruido de una maquinaria que se devora a sí misma.