23 junio, 2026 | 7:40 am

Cuando el show recibe más energía que los problemas reales

Mientras miles de familias en Guadalupe, Juárez, Monterrey, Apodaca y prácticamente todo el área metropolitana siguen preguntándose a qué hora regresará la luz o cuándo dejarán de tronar los transformadores de su colonia, las explicaciones oficiales brillan por su ausencia. Bueno, en realidad no brillan, porque tampoco hay luz.

Nos dijeron que después de la tormenta vendría la calma. Lo que llegó fue otra cosa: apagones intermitentes, transformadores reventados, colonias completas sin energía y ciudadanos que han tenido que soportar temperaturas sofocantes sin aire acondicionado, sin abanicos y, en muchos casos, sin información clara de lo que realmente está ocurriendo.

La Comisión Federal de Electricidad parece haberse especializado en los comunicados breves, esos que dicen mucho sin explicar nada. Boletines que podrían resumirse en una sola frase: “Estamos trabajando”. ¿Dónde? ¿Cuándo? ¿Cuánto falta? Nadie lo sabe. Tal vez sí lo sepan desde sus centros de monitoreo, donde aseguran que todo está bajo control. El problema es que ese control no se refleja en las casas de quienes llevan días padeciendo cortes de energía.

Y lo más preocupante es que el verano apenas comienza. Los pronósticos hablan de nuevas olas de calor y, con suerte, algunas lluvias aisladas. Si una sola tormenta dejó al descubierto la fragilidad de la infraestructura eléctrica, la pregunta es qué ocurrirá cuando las temperaturas vuelvan a dispararse y millones de aparatos de aire acondicionado entren nuevamente en operación. Porque la paciencia ciudadana también tiene un límite, y esa sí parece una red cada vez más sobrecargada.

Mientras tanto, la conversación nacional parece moverse por otros caminos. La conferencia mañanera recibió con honores al famoso pato Merlín, convertido en celebridad mundialista y fenómeno de redes sociales.

Nada en contra del simpático pato. El problema no es Merlín. El problema es que cada vez nos resulta más fácil distraernos.

O mejor dicho, cada vez nos especializamos más en hacernos patos.

Mientras miles de familias siguen esperando que regrese la electricidad, la atención pública gira alrededor de una mascota viral. Y aunque Merlín seguramente no tiene la culpa de nada, resulta inevitable pensar que en ocasiones el espectáculo recibe más energía que los problemas que afectan a la gente.

Porque al mismo tiempo que el país celebra sus momentos virales, el secretario de Seguridad, Omar García Harfuch, presume el decomiso de 24 mil 400 litros de metanfetamina líquida en Sinaloa, uno de los mayores aseguramientos de droga sintética de los que se tenga registro reciente en México.

Y ahí surge una pregunta inevitable. Si hoy aparecen laboratorios capaces de producir miles de litros de metanfetamina, si se realizan decomisos históricos y si las autoridades aseguran que continúan encontrando infraestructura criminal a gran escala, entonces ¿dónde estaba todo eso hace algunos años?

Durante buena parte del sexenio de Andrés Manuel López Obrador se insistió en minimizar el problema. Se repetía que ya no era como antes, que la estrategia estaba funcionando y que muchas de las críticas sobre la expansión del narcotráfico respondían más a intereses políticos que a una realidad documentada. Sin embargo, los grandes decomisos, las capturas de alto impacto y los golpes significativos a las estructuras criminales fueron escasos en comparación con lo que hoy presume el propio Gobierno federal.

La realidad es terca. Los laboratorios no aparecieron de la noche a la mañana. Las redes criminales tampoco. Si hoy se encuentran cantidades históricas de droga es porque durante años crecieron estructuras capaces de producirlas, almacenarlas y distribuirlas. Difícilmente se puede presumir el hallazgo de un problema sin reconocer primero que el problema existía.

Y es precisamente esa percepción la que ha alimentado el malestar de Estados Unidos. Desde Washington se observó durante años una política que parecía más enfocada en evitar la confrontación con los grupos criminales que en desmantelar sus capacidades operativas. Por eso las presiones continúan, por eso los reclamos no desaparecen y por eso nuestros vecinos del norte siguen cuestionando si México realmente está haciendo todo lo necesario para contener el flujo de drogas hacia su territorio.

Hoy Harfuch presume resultados que son positivos en términos de seguridad. Pero al mismo tiempo esos decomisos terminan exhibiendo una realidad incómoda: el tamaño de la industria criminal que se permitió crecer durante años mientras desde el poder se insistía en que el problema no era tan grave como muchos advertían.

Y así transcurre el país. Entre apagones que nadie explica, comunicados que no dicen nada, transformadores que revientan, patos que se vuelven celebridades nacionales y decomisos que terminan contradiciendo los discursos del pasado.

Porque al final la electricidad no regresa con likes, los transformadores no se reparan con tendencias virales y los problemas del país no desaparecen por mucho que nos hagamos patos.

Unos esperando que vuelva la luz.

Otros esperando que alguien explique por qué se fue.

Y muchos más observando cómo, entre el espectáculo y la realidad, los problemas importantes siguen ahí, aunque a veces parezca que hacemos todo lo posible por no hablar de ellos.

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