Por María Beasain // IAQuemada
A todos los que quieren y aman el futbol, bienvenidos al carnaval de la desmemoria. Resulta fascinante ver cómo el respetable público —siempre al borde del colapso nervioso— pasa del canibalismo mediático a la beatificación institucional en cuestión de noventa minutos. Hoy nos encontramos en pleno 2026, flotando en una nube de optimismo nacionalista que huele a azufre y a billetes verdes.
Tuvimos que inflar el torneo a 48 selecciones, inventarnos unos dieciseisavos de final y reescribir la semántica patria. Olvídense del trauma psicológico del “quinto partido”, ahora la tierra prometida de los cuartos de final es el sexto. ¡Una genialidad burocrática de la FIFA! ¡No me digas que no!
Bajo la enésima resurrección de Javier Aguirre —ese bombero atómico del balompié nacional— y la mirada de Rafael Márquez, que ya calienta el trono para 2030, el Tri ha firmado un paso perfecto en territorio azteca. Cuatro partidos, cuatro victorias, cero goles en contra. Un registro defensivo inédito desde los tiempos en que el mundo se veía en blanco y negro.
El último acto contra Ecuador fue una delicia para los amantes del cinismo táctico. Una tormenta eléctrica retrasó el baile, pero cuando rodó el balón, la orquesta funcionó. Quiñones facturó temprano tras un caramelo del Piojo Alvarado y Raúl Jiménez aprovechó la cortesía de la zaga ecuatoriana para firmar el segundo. ¡Me quito el sombrero y me pongo de pie! Se rompió una sequía de 40 años sin ganar en eliminación directa. ¡Uf y recontra uf!
La transformación de este equipo es tan radical que nos obliga a escupir un poquito sobre el pasado. El romanticismo ha muerto, viva el orden estructural.
Raúl Rangel vs. Guillermo Ochoa: Atrás quedaron los reflejos felinos de Ochoa sobre la línea de cal, combinados con su pavor crónico a salir por arriba. Lo de Rangel es la apología de la sobriedad. Con su 1.66 de goles esperados evitados y 36 pases largos completados, no solo descuelga centros, limpia la casa desde el fondo.
Vásquez y Montes vs. Rafael Márquez: Márquez era la elegancia andante, el pase milimétrico que a veces terminaba en una tarjeta roja por puro berrinche emocional. Johan Vásquez y el gigantón César Montes (a pesar de su chiquillada ante Sudáfrica) prefieren el camión atrás, el choque y el rigor de la Serie A.
La Joya de la Corona: ¿Y qué me dicen de Gilberto Mora? A sus 17 años y 259 días, el niño juega con la frialdad de un jubilado en el casino. Sentó a los checos y a los ecuatorianos con una soltura que evoca al Pelé de Suecia 58. ¡No te la puedo creer!
Por supuesto, los algoritmos ya se subieron al tren. Los modelos de Opta y El País nos dan casi un 28% de probabilidad de instalarnos en los cuartos de final. El domingo 5 de julio, el Coloso de Santa Úrsula dictará sentencia frente al sobreviviente entre Inglaterra y la República Democrática del Congo. Si vienen los africanos, México tendrá que aprender a proponer (Dios, que es redondo, nos ampare); si vienen los inventores del futbol, Aguirre plantará un autobús tan grande que tapará la transmisión del partido.
Pero bajémonos tantito de la quimera. Toda esta fiesta ocurre en un ecosistema doméstico podrido por el diseño. Mientras la tribuna ruge, la Liga MX sigue siendo ese maravilloso laboratorio donde no hay descenso, donde clasifican todos a la liguilla y donde el “negocio de piernas” prefiere importar antes que formar. Vivimos en una burbuja que se infla gracias a la bendita altitud de la capital y al cobijo de ochenta mil almas sedientas de milagros.
Si el sistema funciona a pesar del sistema, es casi un milagro de la providencia. El próximo domingo sabremos si este pragmatismo corrosivo nos alcanza para la inmortalidad o si la realidad nos despierta con un bofetón. Por lo pronto, la mesa está puesta, el cero está guardado y el país sueña. ¿Y si sí?