Por María Beasain
¡Ajúa, Monterrey! Por fin ha regresado la sensatez a los pasillos del Palacio de Cristal. En un despliegue de audacia que dejaría al mismísimo Bernardo Reyes preguntándose por qué no puso un Super Siete en la base del monumento, el alcalde Adrián de la Garza ha decidido que la mejor manera de honrar la historia es bañarla en monóxido de carbono.
La reapertura de los carriles bajo el Arco de la Independencia no es una decisión de movilidad, es un exquisito ejercicio de “borrón y cuenta nueva”. En esta noble tradición regiomontana donde cada alcalde intenta orinar el territorio del anterior, Adrián de la Garza ha decidido que la mejor forma de marcar su raya frente a Luis Donaldo Colosio es, literalmente, pintando rayas de carril sobre el patrimonio.
Mientras Colosio y su equipo defienden la obra como un pulmón de seguridad peatonal, la administración de Adrián parece creer que la única seguridad que importa es la de llegar tres minutos más rápido al semáforo de Pino Suárez. Como bien señaló el secretario de Gobierno, Mike Flores, parece que el plan de gobierno se reduce a destruir por sistema, transformando una obra de recuperación histórica en un “capricho” de asfalto.
Mientras las ciudades civilizadas del mundo —esos lugares aburridos como París o Roma— se empeñan en peatonalizar sus centros históricos, en Monterrey hemos decidido innovar. ¿Para qué proteger la cantera del “mal de la piedra” cuando podemos tener el “bien del congestionamiento”?
La comunidad científica y los colectivos ciudadanos culturales pueden gritar misa sobre las vibraciones mecánicas y las emisiones ácidas que disuelven la cantera; pero para el alcalde, estos son solo tecnicismos que estorban a la verdadera prioridad: que el flujo vehicular no se detenga, aunque nos llevemos de encuentro la integridad estructural de 1910.
Ahora, los turistas no tienen que bajarse del coche para ver el monumento. Pueden rozar sus espejos contra él si el carril les queda chico.
¿Para qué restaurar la cantera si el hollín de los motores diésel puede ocultar las grietas? Lo que no se ve, no le duele al presupuesto de servicios públicos.
“La Mona”, esa alegoría de la libertad que corona el Arco de la Independencia sostiene cadenas rotas. Claramente, Alfred Giles predijo que esas cadenas simbolizarían la liberación del coche atrapado por la “tiranía” de una banqueta amplia.
El mensaje es claro: en Monterrey, el automóvil es el ciudadano de primera clase, y las piedras históricas son solo estorbos en la carrera hacia el próximo Oxxo.
No es un retroceso urbanístico, es un homenaje al caos que nos define. Porque en Monterrey, si no puedes pasarle por encima a la historia, al menos puedes pasarle por debajo a 60 kilómetros por hora.
Felicidades a la administración municipal por convertir un portal de bienvenida en un túnel de escape. Total, si el Arco termina por ceder ante el embate del tráfico pesado, siempre podremos construir una réplica de fibra de vidrio con un carril extra para camionetas blindadas. Eso sí sería muy regio.