27 julio, 2026 | 7:40 am

Anaya 2018 y 2030… expiar sus pecados políticos

En 2018 Ricardo Anaya pecó de ambicioso…

Traicionó a su tutor, Gustavo Madero, y se quedó con la Presidencia Nacional del PAN; Gastó el dinero en partido en pagar promocionales para él.

Luego, secuestró al partido para impedir que Margarita Zavala, la precandidata que podía derrotar a López Obrador, llegara a la boleta como candidata panista.

Lo que siguió fue el desastre…

Nunca quiso declinar a favor de Pepe Meade, y el presidente criminal llegó a Palacio Nacional.

Hoy, México vive hundido en el peor oscurantismo que se recuerde.

La traición de Ricardo Anaya nos salió carísima.

Ocho años después, Anaya es senador por la República, aún amparado por el PAN, y la verdad, disfruto sus intervenciones en tribuna.

La manera en que estudia y aplasta los argumentos de la 4T; su claridad y capacidad argumentativa… el conocimiento de los temas.

¿Ha expiado ya sus culpas?

No me cabe duda que hubiese sido un gran Presidente; pero no era su tiempo.

Los acuerdos políticos, ya existentes desde entonces, entre el PRI y el PAN, exigían garantizar a Peña Nieto la tranquilidad de la que hoy goza, pero Anaya insistía en que tras llegar a la Presidencia, pondría al mexiquense tras las rejas.

Por eso Peña dejó pasar a López y por eso en el documental del PRI no tiene empacho en decir… «ganó el que queríamos».

Hoy en día, no falta quien perfile de nuevo a Ricardo Anaya como futuro candidato presidencial, y luce como tal.

Su problema es el pecado del 2018.

Insisto: ¿Ya lo expió?

Con el PRI reducido a casi cero a nivel nacional, no hay un perfil tricolor que apunte a la Presidencia, excepto Manolo Jiménez.

Anaya tendría que enfocarse en sanar esa relación…

Después de todo, en alianza o sin ella, México necesita un candidato que atraiga a todos los votos antiMORENA.

Faltan cuatro años para el 2030.

Es mucho y es nada.

Anaya aún quiere ser Presidente y sin duda, su capacidad queda muy evidente.

El PAN solo no puede ahora ni va a poder entonces.

La traición no pagó para Anaya.

Quizá sea tiempo de probar la lealtad.

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