Mientras cientos de personas se desbordaban en una ovación de pie que parecía no tener fin, en medio del auditorio, una sola figura permanecía sentada.
Con la cabeza gacha y las manos cubriendo su rostro, la respiración de Benito Antonio Martínez Ocasio era agitada, una lucha física contra las lágrimas.
Fueron 30 segundos de una soledad compartida con el mundo.
Al fin, se limpió el rostro, se levantó y se aplaudió a sí mismo, pero, sobre todo, les aplaudió a los suyos.
A sus casi 32 años —camino a esa «edad de Cristo» que marca los hitos del hombre—, el empacador de supermercado de Vega Baja, Puerto Rico, subió al escenario para hacer lo que nadie había logrado: recibir el Grammy al Álbum del Año por un disco íntegramente en español.
Su discurso no fue un protocolo, fue un manifiesto que comenzó con el orgullo de la raíz:
«Gracias Puerto Rico, gracias a Dios, a la Academia… Gracias mami, por parirme en Puerto Rico… y a todos los latinos que debieron estar en esta tarima antes que yo.»
Pero la música de Bad Bunny, a menudo tildada de polémica por su jerga, reveló esa noche su verdadera columna vertebral: la defensa de los derechos humanos frente a las sombras de las políticas migratorias.
Benito no solo canta, él documenta.
Como dice en «Mudanzas», su éxito tiene nombre y apellido de clase trabajadora: “Benito, hijo de Benito, le decían ‘Tito’ / El mayor de seis trabajando desde chamaquito / Guiando camiones como el pa y el abuelo…»
Ese linaje es el que le da la autoridad para gritar «¡Fuera ICE!» en televisión, para el mundo entero.
Es la misma voz que en el álbum denuncia el desplazamiento en canciones como «Lo que le pasó a Hawái«, donde la nostalgia se vuelve rabia política al ver cómo la corrupción intentan borrar al local: “Quierenquitarme el río y también la playa / Quieren al barrio mío y que abuelita se vaya… No suelte’ la bandera ni olvide’ el lelolai, que no quiero que hagan contigo lo que le pasó a Hawái.»
Del brillo dorado del Grammy al césped del Super Bowl.
La crónica de esta semana no termina en un podio, sino en la preparación para el evento más visto del planeta.
Este domingo, ante más de 200 millones de personas en 197 países, el «Conejo Malo» no solo llevará sus hits; llevará el «pitorro de coco», el «café con ron» y “DTMF” de su letra en el alma.
Benito ha demostrado que la cultura del barrio es universal.
Que se puede ser el artista más escuchado del mundo sin dejar de ser el nieto como lo dice en DTMF: «Ey, hoy vo’a estar con abuelo to el día jugando dominó…»
El show del medio tiempo no será solo baile; será un mensaje de Borinquen en defensa de la migración.
Será la reafirmación de que, aunque las políticas intenten levantar muros o forzar mudanzas, la identidad es un territorio inamovible.
Gozaremos el juego, sí.
Pero sobre todo, tiraremos fotos con la familia, sabiendo que mientras suene la música de Benito, ninguna política migratoria podrá mudarnos el corazón.
Porque como él mismo canta: «De aquí nadie me saca, de aquí yo no me muevo, Dile que esta es mi casa…”