2 junio, 2026 | 5:34 pm

El circo de los homónimos: el ridículo de Murat y el periodismo Sci-Fi de Ricardo Sevilla

Por María Beasain

¡Paren las prensas! ¡Que se detengan los rotativos! El estado de Nuevo León, esa tierra de progreso, carne asada y gobernantes con complejo de influencer, está bajo asedio. Pero no por la crisis del agua ni por la inseguridad, no. El peligro real, el que ha hecho que la plana mayor de Morena abandone sus pesadas jornadas laborales para congregarse en el Congreso local, es un monstruo de mil cabezas llamado Jorge Rodríguez Cantú… Bueno, en realidad no es un monstruo. Es un señor de 70 años que vive en Guadalajara. Pero para los detectives de alta escuela de la autollamada Cuarta Transformación, el árbol genealógico y el Registro Federal de Contribuyentes son meras sugerencias de la realidad.

Qué espectáculo tan conmovedor fue ver a Alejandro Murat, flamante delegado de Morena en Nuevo León, plantado en el Congreso regio con la gravedad de quien acaba de descubrir el hilo negro. El exgobernador oaxaqueño —hoy converso a la fe guinda tras años de pureza tricolor— llegó con el dedo flamígero apuntando al infinito, exigiendo juicios políticos, licencias y la intervención de la Fiscalía General de la República.

“Habiendo las pruebas por parte de la Fiscalía, todas y todos en Morena respaldaremos este juicio político”, bramaba Murat, saboreando el rigor de la justicia.

El “pequeño” detalle, la minucia técnica que al señor delegado y a su comparsa se les olvidó verificar en ese Google que tanto temen usar, es que el Jorge Rodríguez Cantú de su incendiaria licitación no es el hermano de Mariana Rodríguez Cantú. El temible “cuñado incómodo” resultó ser un respetable setentón tapatío cuyo único pecado ha sido llamarse igual que el pariente del gobernador.

Ver a la plana mayor de un partido paralizar sus funciones para armar una rueda de prensa “grandísima” basados en una búsqueda de homónimos de nivel secundaria es, por decir lo menos, un monumento al ridículo. Murat cruzó el país para demostrarnos que la desinformación no tiene fronteras, pero tampoco tiene vergüenza.

Ricardo Sevilla o el rigor mortis del periodismo…

Pero si Murat puso la comedia política, el infatigable Ricardo Sevilla aportó el drama shakesperiano de Twitter (ahora X). En el Olimpo del “periodismo de investigación” de sillón, Sevilla se coronó la misma noche publicando tweets con alarmismo de telenovela:

«¡LA FURIA DE MARIANA!»

«El clan de Nuevo León tiembla.»

«La ‘Chavacana Mayor’ ha lanzado su furia contra mi reportaje.»

Claro que sí, Ricardo…

“Tiembla el clan”. Mariana Rodríguez no grabó un video desmintiendo la nota con evidente fatiga ante la incompetencia; no, ella estaba “furiosa” porque el “reportaje”, sí entre una estampida de comillas, confundió al joven hermano de Marianis con un proveedor de la tercera edad.

El periodismo de Sevilla funciona bajo una lógica perversa e hilarante: si los datos destruyen tu hipótesis, ignora los datos y ataca la reacción del investigado. Para Sevilla, el hecho de que el hermano de Mariana no viva en la misma ciudad, no tenga esa edad y no sea socio de esa empresa proveedora es solo una “coincidencia”. Porque en la mente del conspiranoico, la verdad siempre es una cortina de humo diseñada para proteger al Fosfo-Fosfo.

Datos duros vs. datos blandengues o la lógica del absurdo…

Hagamos un balance de la brillante matemática electoral que nos presentaron esta semana: es fascinante cómo la política mexicana ha sustituido la fiscalización real por el “chisme de lavadero”. “De verdad, Morena, ¿han verificado lo que están acusando?”, cuestionó Mariana. Y la respuesta, dolorosamente obvia, es no, no y no. ¿Para qué verificar si una mentira bien empaquetada genera más retuits que una verdad documentada?

Mientras Alejandro Murat sigue esperando que la FGR valide sus fantasías de juicio político y Ricardo Sevilla sigue redactando tuits con el hígado inflamado de épica revolucionaria, el ciudadano de Nuevo León se queda con una certeza absoluta: la desinformación en México ya ni siquiera se esfuerza en ser inteligente. Hoy, basta con que suene ruidosa, cínica y sumamente ridícula.

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