Por José Jaime Ruiz
El apellido Margáin pesa. Y pesa mucho en el PAN de Nuevo León.
No solamente por Fernando Margáin Sada ni por los cargos públicos que ha ocupado la familia. Pesa por una historia política y empresarial que atraviesa buena parte del conservadurismo regiomontano. Su abuelo, Ricardo Margáin Zozaya, fue quien pronunció el discurso en los funerales de Eugenio Garza Sada después de su asesinato en septiembre de 1973; enfrente, un impertérrito priista, el presidente Luis Echeverría.
Polvo de aquellos lodos, lo que ocurre rumbo a la alcaldía de Monterrey trasciende una candidatura. El PAN había colocado sobre la mesa a cuatro perfiles propios: Fernando Margáin Sada, Myrna Grimaldo, Annia Gómez y Arturo Salinas. Después abrió su proceso y entraron los priistas. Lorena de la Garza y Marcelo Segovia se registraron para competir dentro del mecanismo panista. Lorena no disfrazó la operación. Sigue siendo priista, diputada del PRI y ha explicado que registrarse ante Acción Nacional no significa cambiar de militancia. Más aún: anunció que también participaría en el proceso tricolor.
La transparencia de la explicación vuelve miserable la pregunta: ¿El PAN terminará postulando a una priista para derrotar a sus propios panistas? Profundizo: ¿Fernando Margáin Sada será inmolado? Una cosa es abrir Acción Nacional a ciudadanos independientes y otra muy diferente abrirlo para que una dirigente del PRI entre, utilice su proceso interno, compita contra sus cuadros y salga vestida de azul sin haber dejado nunca de ser colorada.
Adrián de la Garza, alcalde de Monterrey, necesita preservar el control político de la capital y el PRI necesita reconstruir una posición competitiva rumbo a 2027. Lorena de la Garza aparece como una pieza imprescindible de ese proyecto. Al mismo tiempo, el propio Adrián ha sido considerado dentro de las conversaciones panistas sobre la gubernatura. La ecuación merece formularse completa. ¿Jorge Romero permitirá que el PAN entregue Monterrey a Lorena mientras abre sus puertas a Adrián para disputar la gubernatura? ¿Carlos de la Fuente y Zeferino Salgado acompañarán una operación que termine ofrendando la candidatura de Fernando Margáin para consolidar el proyecto político del alcalde priista de Monterrey? Esto no es una alianza, es un agandalle.
Estaríamos hablando de un PRI ocupando espacios estratégicos del PAN. Y eso obliga a mirar hacia personajes que representan algo más que la coyuntura electoral. ¿Fernando Canales Clariond está de acuerdo? ¿Kana Fernández está de acuerdo? ¿Fernando Margáin Berlanga está de acuerdo? ¿Están de acuerdo las bases panistas de Monterrey y San Pedro? ¿Está dispuesto el panismo tradicional a aceptar que uno de los apellidos vinculados históricamente con su cultura política sea desplazado para que una priista encabece la candidatura más importante del área metropolitana?
No trato de convertir los apellidos en títulos nobiliarios. Acudo a otra transubstanciación: Margáin debe competir y demostrar que puede ganar. Pero precisamente para eso existen los partidos: para formar cuadros, construir liderazgos y ofrecer alternativas reconocibles ante los electores. Si después de años de militancia, estructura y formación política la respuesta consiste en importar al candidato del partido aliado, el mensaje hacia las bases es devastador.
Lorena no representa una irrupción ciudadana ajena al viejo sistema partidista. Su trayectoria pertenece al PRI y pasó por la administración de Rodrigo Medina. En 2017, la Contraloría estatal anunció una inhabilitación de diez años y una sanción económica relacionada con Fidecitrus; ella respondió denunciando persecución política. Ese antecedente histórico debe distinguirse de cualquier valoración sobre su situación jurídica actual. Nada de eso impide que aspire legítimamente a gobernar Monterrey, pero sí vuelve difícil vender su eventual candidatura panista bajo la etiqueta de “apertura ciudadana”. Ponerse una camiseta azul no modifica una biografía roja.
Jorge Romero sostuvo que el PAN puede construir alianzas en 2027, pero también que no pretende repetir esquemas donde los acuerdos cupulares terminen borrando la identidad del partido. En Monterrey podría presentarse exactamente esa prueba. Hasta ahora no existe una candidatura resuelta. El dirigente estatal Policarpo Flores ha dicho que “todavía no hay nada escrito” y que habrá mediciones para definir el proceso y, sin embargo, se mueve con una foto al lado de Lorena.
¿Para qué presentó el PAN a Margáin, Grimaldo, Gómez y Salinas si finalmente la candidatura puede terminar en manos de una priista?
¿Para qué formar cuadros propios? ¿Para qué construir durante décadas una identidad diferenciada frente al PRI? Y, sobre todo, ¿qué recibe el PAN si Adrián de la Garza disputa la gubernatura dentro de su espacio político y Lorena de la Garza termina encabezando Monterrey?
Las alianzas electorales requieren concesiones. Nadie debería escandalizarse por ello. Pero una alianza supone que dos fuerzas negocian desde identidades distintas. Cuando una entrega las posiciones fundamentales y la otra coloca los nombres, la relación comienza a parecerse menos a una alianza y más a una subordinación. Por eso Fernando Margáin Sada importa en esta historia. No solamente por Fernando. Por Margáin. Sacrificarlo para vestir de azul a Lorena de la Garza tendría una carga simbólica difícil de explicar al panismo histórico de Nuevo León. Crímenes son del tiempo…