13 junio, 2026 | 7:57 am

El Triunfo de la Miseria (y la Miseria del Triunfo)

Por María Beasain // IAQuemada

Qué delicia es el patriotismo de microondas. Esa capacidad tan nuestra de inflar el pecho, derramar lágrimas azucaradas sobre el pozole y entonar el “Cielito Lindo” como si hubiésemos conquistado el espacio exterior, cuando en realidad lo único que sucedió la tarde del jueves fue que once millonarios en shorts vencieron a un fantasma.

Viendo el estallido de pirotecnia y el festival de claxonazos nocturnos en el Ángel de la Independencia, cualquiera pensaría que la Selección Mexicana de Javier Aguirre borró del mapa a una superpotencia. No, no y no. Despierten de la anestesia colectiva: el glorioso debut en el Mundial 2026 fue un raquítico 2-0 contra Sudáfrica. Porque seamos cínicos por un minuto, el realismo siempre sienta bien: México se anotó un 10 en el resultado, pero un miserable 7 en funcionamiento. Es cierto que el 1-0 sobrevino al minuto 19 gracias a un regalo de falta de comunicación y de control entre el portero Williams y Sithole; el mérito, por supuesto, fue de Erik Lira por estar ahí para morder y robar la pelota, pero el verdadero protagonista de la tarde fue Julián Quiñones, quien se encargó de firmar el encuentro. Quiñones dejó la grata sensación de ser, quizá, el naturalizado más determinante que ha tenido el Tri desde los tiempos de Sinha.

Anotar temprano parecía el escenario ideal para hacer cera y pabilo del rival. Si a eso le sumamos que los africanos se quedaron con diez hombres al 49’ y con nueve al 83’, lo de México no fue un triunfo, fue una soberana tacañería. ¿A qué juega este equipo? Es una nebulosa mental. El ultra pragmático Aguirre prefirió amarrar el negocio antes que enamorar a su gente. Con un hombre más en la cancha, de nueve tiros totales estando 11 contra 11, el Tri solo tuvo el atrevimiento de generar un par. Para colmo de males, cuando Raúl Jiménez marcó el segundo gol, México jugaba sus peores minutos, y la obra maestra de la inconsistencia se coronó en el tiempo de reposición: César Montes se hizo expulsar por una falta tan innecesaria como estúpida. Jugar once contra nueve y terminar perdiendo al defensa central por una descolgada aislada es arte puro de la comedia involuntaria.

A este equipo le falta futbol. Le ganó a Sudáfrica porque el rival era de plastilina. Pero la masa no está para bollos y el “Vasco” ya justificó el juego timorato diciendo que a sus muchachos les pesó la presión de la inauguración y les dieron calambres. ¡Pobrecitos! ¿Qué pasará cuando Corea del Sur les exijan correr de verdad? Pero claro, el marcador es lo de menos cuando el partido de verdad se jugó en las tribunas y en la puesta en escena de la geopolítica nacional. El Estadio Azteca —ese coloso de Santa Úrsula remozado a billetazos— se convirtió en la pasarela de la frivolidad y el poder. Mientras el país se debate en sus fracturas de siempre, las élites económicas y la oposición política encontraron su agosto adelantado en los palcos VIP.

Ahí estuvo la crema y nata. Los boletos “Hospitality” superaron los 100 mil pesos —un detalle insignificante para quienes ven el salario mínimo como cambio para las propinas—, aunque más de un magnate descubrió con horror que su paquete exclusivo lo mandó a las zonas más altas del estadio. Gianni Infantino, con su habitual cinismo empresarial, defendió los precios diciendo que eran “para evitar la reventa”. Gracias, Gianni, por cuidarnos el bolsillo.

En la tribuna vimos a Ricardo Salinas Pliego, enfundado en una playera con el número 2030, recibiendo gritos de “¡Presidente, presidente!” de sus huestes, mientras esquivaba rechiflas virales donde lo recordaban como “la Perra de Trump”. También desfiló el PRIísmo jurásico y el moderno: Alfredo del Mazo esquivando preguntas incómodas sobre su expulsión partidista; “Alito” Moreno presumiendo palco; Xóchitl Gálvez regalando al lente una selfie; y la plana mayor de Movimiento Ciudadano, con Samuel García y Mariana Rodríguez codeándose con Infantino y Luís Figo, flanqueados por Pablo Lemus.

A 27 kilómetros de ahí, la contraparte del guion cinematográfico: la presidenta Claudia Sheinbaum y Clara Brugada, lejos de los abucheos que históricamente se ganan los mandatarios en las inauguraciones, decidieron ver el juego en una pantalla del Deportivo Hermanos Galeana en la Gustavo A. Madero. Una jugada maestra de narrativa popular que, de paso, les ahorró el mal trago de lidiar con el plantón de la CNTE en el Zócalo. El oficialismo jugando a la austeridad en el Fan Fest de San Lázaro con Ricardo Monreal, mientras la oposición se tomaba fotos a nivel de cancha. Dos Méxicos unidos por veintidós piernas y separados por el precio del boleto.

Al final, la noche se tiñó de fuegos artificiales y música estridente en el Ángel de la Independencia. Nadie les dice que no festejen, estimado público consumidor de ilusiones baratas. Tienen todo el derecho de emborracharse con un triunfo desabrido. Pero cuidado con las mentiras que se venden por televisión. Ayer se le ganó a la nada absoluta. La depresión futbolística de esta selección está intacta, bien maquillada por el confeti de la FIFA y el deseo ferviente del respetable por olvidar la realidad. Disfruten el espejismo, que el agua de verdad está por terminarse.

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