Hay imágenes que explican mucho más que cualquier discurso.
Una tabla de madera cubierta de clavos colocada en una vivienda de San Pedro Garza García para impedir el paso de un oso dice mucho de la relación que hemos construido con la naturaleza: primero ocupamos el territorio y después pretendemos ponerle una barrera a quien ya estaba ahí.
Sí, el miedo de una familia cuando un oso entra a su casa es real. Nadie puede pedirle a una persona que permanezca tranquila cuando un animal de gran tamaño aparece en su cocina. Pero una cosa es exigir seguridad y otra muy distinta es convertir la desesperación en permiso para colocar trampas que pueden herir a un animal, a una mascota o incluso a una persona.
Y aquí aparece la pregunta incómoda que alguien tenía que hacer:
¿De verdad los osos llegaron a invadir San Pedro o fue San Pedro el que se fue extendiendo hacia el territorio de la fauna?
No es una pregunta inventada para este editorial. La propia documentación municipal identifica a Olinalá como una zona habitacional de montaña, mientras que el Instituto Municipal de Bienestar Animal reconoce la enorme importancia ecológica del territorio ubicado entre Olinalá, Chipinque y el Parque Nacional Cumbres de Monterrey.
Incluso estudios académicos han documentado el crecimiento urbano de Olinalá hacia terrenos vinculados con el entorno natural y el incremento considerable de viviendas en esa zona.
Entonces quizá llegó el momento de dejar de contar la historia como si el oso fuera un intruso que decidió aparecer de repente en un exclusivo sector residencial.
El oso no construyó la casa.
No levantó la barda.
No abrió el refrigerador.
No convirtió la montaña en fraccionamiento.
Pero sí encontró comida.
Y cuando un animal aprende que detrás de una puerta puede haber alimentos, basura o cualquier otra fuente fácil de comida, regresará.
Eso también obliga a los habitantes a revisar su propia responsabilidad.
De hecho, las autoridades han insistido precisamente en el manejo adecuado de residuos y alimentos como parte de las medidas preventivas. San Pedro incluso ha implementado contenedores especiales para reducir los atractivos que acercan a la fauna a las zonas habitacionales.
Por eso las tablas con clavos no solamente son una mala idea: son el símbolo de una contradicción.
Queremos vivir junto a la montaña, disfrutar de sus paisajes, aumentar el valor de nuestras propiedades y presumir el privilegio de vivir cerca de la naturaleza… pero cuando la naturaleza aparece, queremos expulsarla.
Y no.
La montaña no es una extensión del jardín.
El oso no es una plaga.
Y la fauna silvestre no puede ser tratada como un enemigo al que hay que ponerle trampas.
Parques y Vida Silvestre de Nuevo León ya pidió retirar las tablas y suspender su distribución porque representan un riesgo para personas, mascotas y fauna silvestre. La autoridad anunció además una visita técnica y una mesa de diálogo con vecinos de Olinalá, Palmillas y otras colonias.
Ese es el camino.
No los clavos.
No las trampas.
No la improvisación.
Y tampoco se trata de romantizar al oso. Si un ejemplar entra a una vivienda, existe un riesgo y las autoridades tienen la obligación de responder. Pero la solución debe ser prevención, manejo de residuos, protección de accesos, protocolos de emergencia y educación ambiental.
Porque también hay una verdad que incomoda: si dejamos comida disponible, basura accesible y condiciones para que los animales encuentren recompensa dentro de nuestras casas, estamos contribuyendo a modificar su comportamiento.
Y luego nos sorprendemos cuando regresan.